
No es el mejor Costa-Gavras pero la mirada del personaje interpretado por Riccardo Scamarcio nos presenta una Europa ridícula, hinchada de abundancia ciega y nihilista, ajena al sufrimiento de los declarados ilegales. Una Europa que es como un mago que ofrece ilusiones crueles. Por momentos la película tiene algo parecido a cierto ritmo, y es cáustica, pero le falta nervio. Gracias a que las escenas iniciales del barco, las del hotel de lujo, con la búsqueda de los inmigrandes, el París decadente, salvan la película. Puede parecer que el final es una boutade, que lo es, pero da sentido a todo, a toda esa falsa promesa que es el paraiso occidental para los emigrantes. No quiero entrar en la polémica de si es una película necesaria, bientencionada, pero fallida y demás monsergas. En medio de tanta mediocridad en el cine, los que buscamos los rastros de la realidad en la pantalla, no podemos desaprovechar esta película.
Por cierto, he visto esta película en un pequeño cinestudio de Albacete -Candilejas-, y en la sala estábamos dos espectadores. Ya han cerrado los cines de dos centros comerciales. Sólo quedan en una ciudad de 170.000 habitantes como es Albacete, los cines de un centro comercial a las afueras de la ciudad y este pequeño cinestudio. Por otra parte, existe una Filmoteca Municipal. Así que esperemos que que al menos el cine Candilejas, tan necesario, resista, como esperemos que Costa-Gavras, tan necesario, resista.



