miércoles, 23 de abril de 2014

Los colonos del Caudillo



Anoche pude ver en la Filmoteca de Albacete el documental Los colonos del Caudillo y asistir al debate posterior con sus directores Lucía Palacios y Dietmar Post, dentro del ciclo de Cine Jurídico.
El documental investiga el por qué de la pervivencia del topónimo Los Llanos del Caudillo. A partir de este caso concreto se analiza la evolución de la dictadura y la pésima revisión de la memoria histórica durante el ya largo período desde la muerte del dictador hasta nuestros días. Descubrimos el enorme fraude que llevó a cabo el régimen con los colonos instalados en las tierras del Instituto Nacional de Colonización, sometidos a una implacable explotación, hasta el extremo de que no se concedieron los prometidos títulos de propiedad y para los que trabajaron en condiciones deplorables durante más de treinta años. Pero los directores no se detienen ahí sino que investigan por qué a día de hoy aún pervive la referencia al Caudillo en el topónimo del pueblo. Y es cuando comprendemos cómo se hizo la Transición y la mala gestión de la memoria histórica en los veinte años que gobernó el partido socialista en democracia, cómo la sociedad española aún no ha saldado las cuentas pendientes con el sistema de terror dictatorial de Franco.

miércoles, 2 de abril de 2014

Javier Cercas sobre Doniphon y Suárez

El hombre que mató a Liberty Valance
En una entrada anterior analicé un aspecto concreto de la película El hombre que mató a Liberty Valance. En esta película de John Ford la valentía y el coraje de Doniphon -John Wayne- hacen posible que Stoddart lleve la ley y la civilización a Shinbone. Javier Cercas, autor de Anatomía de un instante, escribe un brillante artículo comparando la tarea del héroe Suárez con la de Doniphon, que hizo el trabajo sucio necesario para liquidar el franquismo, pero que se inmoló en el intento. Reproduzco parte del artículo:
(...)"En otro lugar lo llamé un héroe de la traición; el oxímoron sigue pareciéndome válido. ¿Qué es un héroe de la traición? Estamos acostumbrados a pensar en la lealtad como una virtud, y lo es; pero hay momentos en la historia en que es más ardua, más valiente y más honesta la traición que la lealtad. La Transición fue uno de ellos. Se ha recordado a menudo estos días que, cuando el Rey designó a Suárez presidente del Gobierno, los demócratas se horrorizaron ante el nombramiento de aquel arribista del franquismo, ministro secretario general del Movimiento por más señas; apenas se ha recordado que, a la inversa, fueron los franquistas más duros quienes se entusiasmaron con la elección de Suárez. Es natural: aquel joven hábil, seductor, enérgico, kennediano y complaciente era uno de los suyos, de modo que consideraron su nombramiento como la mejor garantía de que el franquismo no iba a morir con Franco. Qué error, qué inmenso error. En menos de un año, a base de diálogo, claro, pero también de pases de magia y trucos de trilero, Suárez liquidó el franquismo y puso los fundamentos de la democracia. Fue así como el gran héroe se convirtió en el gran traidor, al menos para los franquistas; para los demás, o para casi todos los demás, acabó convertido con el tiempo en el advenedizo de sucio pasado que se había ensuciado las manos traicionando a los suyos"(...)

domingo, 19 de enero de 2014

El cine y Wall Street

Reproduzo, por su interés el artículo de ElDiario.es La bolsa según Hollywood: de Gordon Gecko a Jordan Belfort, sobre las películas que han analizado el mundo de la bolsa en la últimas décadas.

Michael Douglas como Gordon Gekko en Wall Street
Michael Douglas como Gordon Gekko en Wall Street
Gordon Gekko es el tiburón primigenio, el broker fundacional que da lecciones de envidia, codicia, tipos de interés y especulación a un grupo de unversitarios imberbes, incluyendo a una generación de espectadores. Wall Street merece la pena aunque sólo sea por uno de los mejores y más terroríficos discursos bursátiles de la historia del cine - Greed is good (la codicia es buena)- que Michael Douglas regala a la directiva de la empresa Teldar. Un discurso que hoy es menos divertido y más inquietante. 
Melanie Griffith y Tom Hanks en La hoguera de las vanidades
Melanie Griffith y Tom Hanks en La hoguera de las vanidades
 No es lo más representativo de la película de Brian de Palma pero el Sherman McCoyprotagonizado por Tom Hanks es, efectivamente, un agente bursátil, lo que explica que sea adúltero, avaricioso y algo mucho peor. También ambientada en el Nueva York de los 90, La hoguera de las vanidades desmitifica el gran sueño americano a través de su lobo financiero, que atropella a un chico negro y se marca un farruquito antes de redimirse.
Richard Gere como el empresario Lewis en Pretty Woman
Richard Gere como el empresario Lewis en Pretty Woman
 Nadie se acuerda pero Richard Gere era, efectivamente, un tiburón de postín en Pretty woman.Edward Lewis es un liquidador, de los que compran empresas, las trocean y las venden por partes. Lewis especula con todas las letras, agita billetes y compra un amor en oferta con trapitos de Louis Vuitton. El prototipo de egoísta romántico también le pega a Wall Street.
Christian Bale en American Psycho
Christian Bale en American Psycho
 De narcisista a sociópata, "Jack el destripador" del parqué, Patrcik Bateman es el misógino, caníbal y perturbadísimo tiburón de American Psycho. Comparte la misma afición por los sacos con el símbolo del dolar y las caderas que sus compañeros de lista. Este yuppie con ecos pollockianos es la caricatura extrema de las nuevas camadas de brokers financieros de los 80.
Jeremy Irons en Margin Call
Jeremy Irons en Margin Call
 Recordad este día: Margin call nos sitúa en la antesala del desastre. En esta ocasión, un reparto estelar se mete en las carnes de los lobos inversores que hundieron la economía estadounidense en 2008. Pero el líder alfa de la manada es John Tuld ( Jeremy Irons), director general de la empresa y cerebro maquiavélico de una operación fatal.
Paul Giamatti y William Hurt en la TV movie Too big to fail
Paul Giamatti y William Hurt en la TV movie Too big to fail
  Too big to fail es un término financiero que describe la situación de un sistema cuya quiebra tendría consecuencias garrafales, es decir Malas noticias. Como en esta TV movie, en la que nos sitúa de nuevo en 2008 para meternos entre bambalinas de las conversaciones que tuvo el Gobierno con Wall Street. Un cara a cara entre Henry Paulson, secretario del Tesoro, y el político estadounidense Ben Bernanke.
Gad Elmaleh en la película de Costa-Gavras El Capital
Gad Elmaleh en la película de Costa-Gavras El Capital
 La picaresca del sistema financiero actual toma forma en la figura de Marc TourneuilEl Capitalnos aleja de Wall Street para sumergirnos en la economía europea y sus confabulaciones con otros "sicarios del dinero" mundiales. Más que tiburón, este es el astuto zorro del grupo. Como él concluye: "soy un Robin Hood moderno, seguiré robando a los pobres para dárselo a los ricos".
Ben Affleck y Tommy Lee Jones en The company men
Ben Affleck y Tommy Lee Jones en The company men
  The company men es un retrato de las resacas de poder. Cuando los buques insignia americanos se encuentran de pronto varados en las orillas del fracaso.  Bobby Walker (Affleck) tendrá que reinventarse al no poder contar más con un ostentoso estilo de vida digno del mundo bursátil. 
Corey Johnson y James Cromwell en la TV movie Los últimos días de Lehman Brothers
Corey Johnson y James Cromwell en la TV movie Los últimos días de Lehman Brothers
 Los escarceos financieros que tuvieron lugar en el fin de semana más dramático para la economía de EE.UU, no encuentran lagunas en Los últimos días de Lehman Brothers. Un esquema de la peculiar odisea de  Dick Fuld, jefe del gigante financiero, para intentar capear el temporal que se les venía encima.
Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street
Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street
  El último stock broker, el que nos ocupa actualmente en carteleraJordan Belfort representa todas las quimeras del poder en forma de juventud, yates, drogas, esculturales damas y fecundas reservas de alcohol. El joven que se creyó Gordon Gekko y revolucionó los paradigmas del fraude. No en vano, es el auténtico Lobo de Wall Street.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Sobre el desenlace de Homeland


Reproduzco, por su interés, el siguiente artículo de Público sobre el desenlace de la tercera temporada de Homeland, la serie que nos gustó tanto en la primera temporada:
Homeland huele a podrido
Advertencia a los colgados de las series: voy a revelar el desenlace de la tercera temporada de Homeland, así que no les culparé si dejan de leer justo aquíPero creo que en este caso está justificada la transgresión- Es más, casi resulta obligada.
Pese a sus indudables valores cinematográficos, Homeland, que al principio pudo engañar con sus personajes ambiguos, su aparente huida del maniqueísmo, su reflexión sobre la delgada línea fronteriza entre la traición y el patriotismo, e incluso su crítica a las guerras sucias de la CIA, ha degenerado en una basura moralmente inaceptable que despide un insoportable hedor a podrido.
Es basura, la peor posible, la que se disfraza de caviar, la que está elaborada con el talento de buenos guionistas, impecable producto desde el punto de vista técnico de la más poderosa y eficaz industria del entretenimiento global. Pero basura, a fin de cuentas, y al servicio de un fin sectario: presentar a Irán como el Gran Satán cuya criminal iniquidad esencial justifica combatirle con todos los medios, incluso los más innobles, sobre todo con ellos.
Hasta Al Qaeda se presenta ahora como absorbida por el régimen de los ayatolás, convertido en el principal enemigo para Estados Unidos porque amenaza con dotarse de un arsenal atómico potencialmente letal para los intereses norteamericanos en la región más explosiva del planeta, para las monarquías conservadoras y petroleras árabes y, sobre todo, para  su gran aliado estratégico, Israel, blindado en Estados Unidos por el más rico e influyente de los lobbies que pululan por los pasillos del Congreso.
Según Homeland remake, por cierto, de una serie israelí-, los siniestros servicios de espionaje iraníes fueron responsables (final de la temporada 2) del peor atentado sufrido en territorio norteamericano desde el 11-S: la sede de la CIA fue destruida y más de 200 cadáveres quedaron sepultados entre los escombros, incluidos muchos altos funcionarios. Se veía venir que la temporada 3 sería la de la venganza. Los ejecutores materiales del ataque son localizados en sus agujeros y exterminados, pero el cerebro de la operación conserva la vida, pese a que se le captura, porque se le destina a una misión más alta: bajo chantaje, debe colaborar en la operación para asesinar al jefe de la Guardia Revolucionaria iraní, al que se atribuye un papel decisivo capaz de alterar la marcha del programa atómico. Y una vez eliminado, el topo debe ocupar su lugar y actuar en consecuencia, al dictado de Washington.
La misión se completa con éxito. La pieza a cobrar termina tendida sin vida en su despacho de Teherán. El topo le sustituye y, ¡milagro! , pocos meses después, Irán anuncia que permitirá el libre e irrestricto acceso a todas sus instalaciones nucleares de los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica. En la Casa Blanca y en Langley (sede de la CIA) se canta victoria. Como si la política de Estado del régimen islámico dependiera de la voluntad de una persona y no del análisis de las prioridades y los intereses nacionales.
Es decir, que una nación soberana. EE UU, asesina a un alto dirigente de otra, Irán, y considera el crimen como una represalia justificadacomo un acto de justicia. Claro, que lo mismo ocurre con la eliminación de supuestos o reales terroristas con bombas lanzadas sobre territorio extranjero desde aviones sin piloto, y con frecuentes víctimas colaterales inocentes. Es la muerte de civiles en uno de estos ataques lo que lleva a un marine norteamericano hecho prisionero y sometido a tortura a sufrir de síndrome de Estocolmo, convertirse al islam , cambiar supuestamente de bando y convertirse en agente de la yihad. Esta es quizá la principal muestra de la ambigüedad moral de la serie, empeñada en una viciada búsqueda de justificación para evitar la acusación de sectarismo, de la que ya le es imposible librarse en la tercera temporada.
El asesinato del alto dirigente iraní ni siquiera llega a evaluarse desde el punto de vista de lo políticamente correcto o incorrecto. Es algo que llama mucho la atención en un país como Estados Unidos donde un político o una celebridad puede ver truncada su carrera si trasciende un comentario de tinte racista o machista, incluso en el ámbito privado.
Homeland intenta todavía engañar al espectador, mostrando dudas razonablessobre la justificación moral de esta guerra sucia y sin reglas, pero solo a nivel individual. Como en este diálogo entre la agente de la CIA que supervisa la operación y el ex marine que la remata y al que le remuerde la conciencia, porque “¿en qué universo puede redimirse un asesinato cometiendo otro?”
- Hoy he matado a un hombre, Carrie.
- Era un mal tipo, Brody…
- Sí, lo pillo.
- Peor que malo. Envió a miles de niños, encadenados unos a otros, a las líneas iraquíes, a menudo para limpiar campos de minas.
(Inaudito: se justifica hoy un crimen recordando los excesos de una guerra antigua y en la que, por cierto, Irak fue el agresor e Irán el agredido.)
Series como Homeland solo pueden envenenar el clima negociador vital para que el acuerdo provisional sobre el programa nuclear iraní alcanzado hace poco en Ginebra conduzca a una solución definitiva del contencioso que permita la normalización o cuando menos la coexistencia entre Washington y Teherán. Este veneno exquisito envuelto en papel de celofán, que se verá con frecuencia este año en el árbol de Navidad y junto a la chimenea en la noche de Reyes, este brillante producto cinematográfico, contribuye a forjar o consolidar en la opinión pública norteamericana la imagen de Irán como un enemigo desleal y en el que no se puede confiar, al que hay que destruir porque su objetivo es llevar la muerte y el terror a Estados Unidos e Israel.
Es un veneno que ya ha intoxicado a numerosos congresistas norteamericanos, que convierten en obsesión enfermiza lo que podría ser comprensible desconfianza hacia Irán, y que, bien engrasados por el lobby judío, no cejan de poner obstáculos al acuerdo. Cabe suponer que algo parecido ocurre en Irán, al menos en las altas esferas del Gobierno, porque no es probable que la serie se emita allí, excepto que se haga como instrumento de propaganda, para demostrar la mala fe del enemigo.
En resumen: arena de la peor especie, basura hedionda que puede engañar a algunos porque lleva disfraz, y que contribuye a bloquear los engranajes que podrían desactivar una de las grandes amenazas para la paz en el mundo. Netanyahu, Bush o Cheney deben disfrutar de lo lindo viendo Homeland.

sábado, 26 de octubre de 2013

The Act of Killing


Gracias a Amnistía Internacional y el Festival Abycine hemos podido ver en Albacete The Act of killing (Joshua Oppenheimer, Christine Cynn & Anónimo, 2012), una película realmente desconcertante, ante la que los esquemas previos saltan en pedazos. No se trata de la revisión del pasado desde el afán de restituir el honor de las víctimas tipo Shoah, que ha sentado cátedra sobre la forma de acercarse a los crímenes del pasado. En este caso los directores consiguen involucrar a unos cuantos verdugos en la reconstrucción fílmica de sus "hazañas". Es tal el grado de vileza de los protagonistas que acceden encantados a representarse a sí mismos como héroes de la película que protagonizaron en 1965 tras el golpe de estado de Indinesia que acabó con cientos de miles de opositores comunistas. En plena guerra fría EEUU propició también este golpe de estado para acabar con un régimen que se les iba de las manos. Se encarga a grupos mercenarios salvajes de llevar a cabo la matanza de los comunistas. Algunos de ellos, criminales a sueldo, imitaban las técnicas aprendidas en las películas americanas. Asesinar era casi una diversión. Por supuesto, siguen siendo admirados en su país. Han pasado más de 40 años y se sienten impunes. Los directores consiguen que los protagonistas reales de las masacres vuelvan a recrear sus actos y asistimos al proceso prodigioso en el que el protagonista principal se va transformando y por primera vez es capaz de sentir empatía con sus víctimas, va dejando de ser un monstruo inconsciente para humanizarse y acabar vomitando sobre su propia historia, la historia de su país, un país construido sobre el crimen y el olvido. Los directores no renuncian tampoco a dejarse envolver -o provocar, más bien- por el delirio de los psicópatas, y consiguen arrebatarles interpretaciones verdaderamente delirantes más surrealistas que documentales.